Entrevista a Carlos Peñafort, impresor

“Hace tiempo que se cargaron Velluters”
Texto: José Ricardo Seguí / Fotografía: Jesús Císcar

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Caminan rumbo a la cuarta generación vinculada a una imprenta, la Imprenta Peñafort. Y no es como la experiencia de Ziggy Stardust, pero los Peñafort sí han visto y vivido la ascensión y caída de Velluters, un barrio del que han formado parte, han constituido una página de su historia y hoy están dispuestos a acompañarlo en su destino. Otro futuro es posible, aún confían o todavía esperan. Lo cree Carlos Peñafort, ahora el patriarca familiar del clan.


Un siglo, cien años, una imprenta, un barrio… Los recuerdos pesan, pero las personas no dejen de imaginar ideales.

Sí. Es un siglo en torno a una imprenta creada por mi abuelo. Tengo 62 años. Todo ha cambiado tanto que, a veces, nunca se llega a imaginar que los recuerdos puedan acabar despersonalizándose. Velluters era una especie de pequeño pueblo. Todos nos conocíamos. Era un barrio de pequeños industriales y comerciantes, un barrio de pequeños edificios: abajo el negocio, arriba la vivienda. Mi familia vino de la franja del Maestrazgo. Se estableció en Valencia. En Velluters, en principio, por su relación con los Escolapios de la calle Carniceros. En aquellos años de adolescencia se cenaba en las calles, se jugaba en ellas… En las plantas bajas se descubrían los oficios. Existían muchos telares relacionados con la seda, con la tapicería, manipuladores de papel, imprentas… Y, además, todo estaba relacionado con el Mercado Central.

¿Un entorno tan próximo se abandona por una cuestión de distancia o por una proximidad intimidada?
También, porque se pierde cierta relación sentimental y la gente más próxima; o porque todo se deteriora. Aún así, nosotros no hemos perdido la relación con el barrio. Seguimos aquí. Pero sí que han desaparecido los pequeños negocios, los pequeños artesanos. Las cuestiones colaterales animan a que la gente huya, y más aún cuando desaparecen los servicios más básicos.

El presente, cuando se margina, siempre acaba siendo injusto con el pasado, y el pasado, para muchos, es simple nostalgia. Es más fácil romper una trama urbana introduciendo una línea de autobús y ensanchando calzadas que mejorar las condiciones de sus habitantes.
O quizás la idea responda a un simple abandono social. Con el “boom” de la construcción, por ejemplo, a alguien se le ocurrió que las calles del barrio debían tener doble anchura. Así que, se optó por derribar edificios. Esa idea de romper la estructura urbana provocó el derrumbe de muchos pequeños inmuebles. La iniciativa también condujo a la propia destrucción de su estructura radial. Otros creyeron que lo mejor era que su casa se desplomara. Consideraron que resultaba más económico edificar desde un origen antes que rehabilitar. El concepto de especulación siempre ha estado muy definido. Es fácil comprender que ver caer a tu lado un edificio es una invitación a salir. Y más aún cuando quienes apuestan por la permanencia sólo encuentran dificultades para mantener lo suyo. Y no quiero pensar que la existencia en sí del Barrio Chino resultara molesto, o que un barrio de calles estrechas ya no sirviera para asimilar determinado concepto de progreso.

¿Cuál podría haber sido el destino de Velluters?
Cuidarlo sobraba. Sólo era cuestión de dejarlo tal cual, sin ocurrencias. Éste ha sido un barrio de trabajadores, pero se relegó su espíritu cuando existía una relación de proximidad.

Y todo ello, curiosamente, rodeado por el Barrio Chino, una compleja ramificación de calles y callejuelas que hacía las delicias de adolescentes deseosos de descubrir el mundo y servía como escondite de anónimos.
Sí, aunque también apestara para otro sector de la ciudad. Pero era el Chino más tranquilo del país, rodeado de conventos, cines, teatros, negocios…Para los vecinos, lo que nos rodeaba era algo muy normal. No sé si fruto de una consciencia inconsciente. Pero era algo natural, apenas conflictivo. Convivía el Chino con los pequeños negocios. Nada extrañaba. No existía peligro alguno. Era seguro, o lo fue hasta determinado momento. A veces, uno piensa y no llega a entender porqué suceden determinadas situaciones. Me refiero, por ejemplo, al hecho de que en la calle Editor Aguilar, antes Balmes, existiera una comisaría de policía. Era algo lógico. Ellos daban sus vueltas, miraban, observaban, controlaban. Y mientras tanto, todo continuaba igual. Un día la comisaría desapareció. Fue algo ilógico. Nadie lo entendió. Cumplía una función. Apaciguaba el ambiente. Pero no fue así. Después comenzaron a crecer problemas: drogas, delincuencia, inicio del abandono.

Seguramente ese gesto respondía a una forma sutil de advertir la llegada de cambios.
Es posible. Seguramente la degradación del barrio no hubiera comenzado a ser tan evidente si se hubiera mantenido cierto control, discreto y silencioso. Pero hoy sí resulta curioso comprobar que la desaparición de aquella simple comisaría sólo trajo drogas, cierta inseguridad, mayor degradación…

No olvide la proximidad al centro de la ciudad, la ausencia de suelo urbanizable. Algo similar se produjo no hace más de una década en Ruzafa, un barrio que también comenzó su degradación con situaciones de conflictividad generadas por una inmigración mal conducida, poco observada y alentada.
Hoy ya no lo dudo. Fue el inicio de una especulación urbanística que no sólo se iba a producir en este barrio. Y si me permite añadirle algo con relación a Ruzafa, la respuesta es el Parque Central y lo que significa para el futuro.

Aún así, décadas antes ya se produjo un intento de separar el barrio con el diseño de la Avenida del Oeste y su delimitación con Guillem de Castro.
La creación de la Avenida de Oeste fue una auténtica ruptura, aunque en su día tuvo defensores y detractores. Para algunos suponía aliviar el tráfico, pero otros siempre consideraron que se trataba de separar Velluters para distanciarlo del centro de la ciudad. La iglesia de los Santos Juanes quedó aislada. Con Barón de Cárcer tuvimos la sensación de comenzar a estar separados.

Y mientras tanto, el resto de la ciudad miraba desde la distancia.
Es que no éramos el Ensanche. El nuestro estaba aquí mismo, formado por las viviendas de quienes deseaban ampliar sus servicios sin despegarse del propio barrio. Nuestro ensanche está frente a las Torres de Quart.

Un declive que, además, se sujeta de la mano del que sufría el Barrio del Carmen producto también del propio envejecimiento de su población, del cambio de modelo social y urbano, o del resultado de un agotamiento generacional.
Todos nos hacemos mayores. Frente a la ausencia de condiciones comenzamos a desaparecer dejando atrás nuestras pequeñas historias. Al fin y al cabo, lo que todos buscamos es aumentar nuestra calidad de vida. Unos abandonan su barrio porque quieren mejorar su nivel de vida y otros son empujados por la especulación.

¿Por qué nunca se ha apostado por una regeneración urbana a partir de su propia base?
Porque nunca ha existido voluntad política. Y porque, después, llegaron los problemas de seguridad ciudadana. La voluntad política camina unida a la voluntad de negocio. Si cruzamos la Avenida del Oeste existe otra zona abandona. Y también es centro. Es de analizar.

Pese a todo, Velluters atraviesa desde hace un tiempo un proceso de transformación urbana con la construcción de estancias universitarias, la instalación de organismos oficiales, la aparición de coquetos apartamentos de nueva planta. Al menos, parece un golpe de oxígeno.
Todo eso es importante, pero no suficiente. No hemos encontrado facilidades para recuperar nuestro patrimonio. Y hasta ahora, son muchos los inconvenientes administrativos, las trabas burocráticas, los trámites que hemos de superar para poder permanecer. Para mantenernos tenemos que superar detalles tan “sui generis” como descubrir de qué color debemos pintar nuestras fachadas, o sufrir sanciones municipales por aspectos insignificantes; pelear por una licencia o un alta de luz. Intentar mejorar individualmente Velluters, para quienes somos de Velluters, ha supuesto y continúa siendo superar una carrera de obstáculos sin que nadie aporte soluciones. Y no es cuestión de tintes políticos. Si la derecha ha estado más a favor de la especulación, los gobiernos de izquierda han sido excesivamente meticulosos en aspectos teóricos. Así que, lo complicado ha sido y es resistir.

¿El problema es la ausencia de un modelo de base?
O no saber qué hacer con el barrio para devolverle su sentido de barrio de pequeños negocios individuales. Todo han sido y son problemas.

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¿Cree en el futuro?
Depende. Si dotarlo de centros como el Conservatorio, el Instituto Valenciano de la Música, la Escuela de Artes y Oficios llevara unida la vinculación de gente joven, como ha sucedido en otros barrios de la ciudad, sería fantástico y yo mismo me sentiría optimista. ¿Por qué no convertir los edificios abandonados en apartamentos para jóvenes, estudiantes, gente que quiere recuperar el centro como área de vida? Un barrio se recupera con ideas y voluntad real.

Es el falso progreso o, como antes hablábamos, una invitación a la despedida.
Pero sin que nadie aporte soluciones. Pese a todo, soy optimista. Será cuestión de naturaleza. Aún confío en una solución. Al fin y al cabo, hace tiempo que tocamos fondo. El optimismo, de alguna manera, lleva a imaginar que iremos a mejor. Pero como barrio, hace años que lo fue, hace años que se lo cargaron.

Comments (1) left to “Entrevista a Carlos Peñafort, impresor”

  1. Carlos wrote:

    hola que tal espero estés muy bien y estuve leyendo sobre tus vivencias y perdón que te lo pregunte pero me gustaría saber mas sobre el origen de los peñafort o del apellido ya que yo también me apellido peñafort y preguntando a mis abuelos solo llegue hasta Carlos peñafort que bino de Francia a México pero no se mas a tras de donde viene el apellido y me gustaría saber si sabes un poco de eso y si no muchas gracias por tu tiempo.

    El correo es de un amigo ya que no tengo pero me deja revisarlo